Si bien no soy un coleccionista en toda la acepción de la palabra, tengo una firme afición por el arte pictórico. De tanto en tanto visito galerías y tiendas, y cuando me encuentro con uno de estos cuadros, comienzo toda una cadena de investigación, inicialmente con los encargados de vender las obras, y si ellos no pueden facilitarme los datos, con alguno de las docenas de libros de historia del arte que guardo en mi biblioteca. Quizá no sea un modo muy ortodoxo de bucear en la historia, pero sí es muy interesante. ¿Quién no ha sentido cierta intriga, por ejemplo, al contemplar “La Mona Lisa” de Leonardo Da Vinci? Es cierto que hoy hay una teoría que aparece como más certera, al identificar a la modelo, con la esposa de un banquero llamado Francesco del Giocondo, y de ahí que también se conozca a la mujer de la enigmática sonrisa, como “La Gioconda”. Presunción aparentemente más acertada a juicio de los entendidos, pero que no levanta por completo el velo, ya que existen otras teorías al respecto. Pues bien, eso es lo que me atrapa. Y esta no fue la excepción. Hacía dos días que estaba disfrutando mis vacaciones en Lima, y en uno de los paseos por la ciudad, luego de la obligada visita a su casco histórico, me encontré con una tienda, que aunque poco cuidada en su fachada, guardaba una interesante cantidad de artículos. Entre ellos, una pintura, motivo de mi interés.
- De su autor se dice que fue testigo ocular de lo que pintó –comentó el vendedor-, pero las fuentes no son muy fidedignas a ese respecto.
La pintura, por cierto, tampoco daba muchos detalles. Poco más pude sacarle al hombre: el cuadro tenía el sugestivo título de “Al amor prohibido”, y había sido pintado por Don Joaquín de Gandia, al parecer, soldado del ejército español. Por un momento pensé, si no había sido el mismo vendedor el autor de lo que tenía entre las manos, y yo resultaba ser el ingenuo turista ávido de extrañezas. Pero bueno, si intentaba engañarme, le había salido de maravilla porque decidí marcharme con la tela. Estaba lejos de casa y aún le restaban tres días a mis vacaciones, así que como no podía acceder a mi biblioteca decidí ir adelantando tiempo recurriendo a Internet. Me trasladé hasta el hotel, guardé la pintura celosamente, como si se tratara de una obra maestra –quizás lo era, pensé, quien lo sabe-, y bajé nuevamente a la avenida. No me fue difícil encontrar un lugar que dispusiera de ordenadores y redes, y me sumergí en la búsqueda. Primer tema de indagación: Joaquín de Gandia. No fueron muchas las direcciones que arrojó la búsqueda. En su mayoría daban por separado este nombre. Sólo una hablaba, y muy brevemente, de la persona que me interesaba.
“Joaquín de Gandia: soldado español, al servicio, primero de Hernando Pizarro, y luego, bajo las órdenes del hermano de éste, Francisco. Se desconoce el lugar y año de su nacimiento, pero por datos de muy antiguas crónicas, se piensa que era muy joven cuando los hermanos Pizarro se embarcaban hacia el nuevo mundo, lo que ocurrió en 1530. Sólo se conoce una pintura que las mismas crónicas le atribuyen, y que una tradición llamó “Al amor prohibido”. Estas crónicas aseguran que el motivo de su inspiración lo encontró en un hecho de dudosa historicidad, del cual se declaró testigo ocular”.
Ya había encontrado el extremo de la madeja. Lamentablemente, el Sitio que hacía la referencia carecía de más datos. Así que otra vez a bucear en el explorador. Esta vez, coloqué el nombre de la pintura, e increíblemente, la búsqueda fue fructuosa. En un Portal dedicado a obras pictóricas raras, hallé una historia sorprendente. Bajo el epígrafe: “Al amor prohibido”, decía textualmente:
“Obra del siglo XVI, adjudicada a un joven soldado español, llamado Joaquín de Gandia. Documentos de la época indican que este soldado habría sido testigo de un hecho que tuvo por protagonista a otro joven militar, amigo y compañero suyo. El nombre de éste era Francisco Linares, y ambos habrían llegado a tierras americanas en tiempo de la conquista, a las órdenes de Hernando Pizarro. El mismo Joaquín, relata brevemente la historia.
‘Cuando Francisco la conoció, supe inmediatamente que las cosas se pondrían mal para ellos. Aquí hay muchas leyendas, y se habla de multiplicidad de dioses. Francisco estaba dispuesto a desafiarlo todo por amor a ella. Su nombre es Amankaya, que en la lengua indígena (nota del editor del Portal: ‘Se refiere al Quechua’), según pude saber, significa ‘Flor de azucena’. Acepto que el nombre hace honor a quien lo posee, porque la bella delicadeza de esta indígena cautivaría el corazón más recio. Su cabello es negro. Viste túnica blanca, larga, sin mangas, y ceñida por una ancha faja. Lleva también una especie de capa, sujetada por dos alfileres de plata. Sus ojos son profundos y su sonrisa, misteriosa. Francisco quería llevarla con él de regreso a España, pero era un plan imposible. Se lo dije, y como era de suponer, no me quiso escuchar. La muchacha pertenecía a un grupo que aquí llaman Akllas, una especie de escogidas. Pude saber que algunas de estas mujeres se las recluye para que sirvan como sacerdotisas en el culto que dan al Sol, otras sirven como concubinas del rey, y otras son entregadas a los nobles con los que el rey quiere congraciarse. Precisamente a estas últimas perteneció Amankaya. Separada de su familia cuando tenía ocho años, se la destinó a ser premio u obsequio del Inca a alguno de sus nobles. Aislándonos un día de nuestro grupo, pasamos cerca del lugar donde viven, en el preciso momento que Amankaya regresaba acompañada de un guardia. Su paso era ligero, pero pude ver como levantó brevemente su rostro y miró a mi amigo. Los ojos de la muchacha parecieron dos flechas poderosas que atravesaron el pecho y la mente de Francisco, el cual, desde ese momento, no dejó de hablarme de ella. Repetía constantemente que debía encontrarla otra vez, y aunque le insistí, iba cada día al mismo lugar con la esperanza de verla pasar. Así transcurrieron como quince días. Hasta que por fin apareció, acompañada por el mismo guardia que la vez anterior. Otra vez se cruzaron furtivamente las miradas de ambos. Eso lo decidió. Debía conocerla. Yo me negué a acompañarlo la noche que intentaría encontrarla. Francisco era mi amigo, pero la pena de muerte a la que se enfrentaban los infractores, fue suficiente motivo para mi decisión.
- ¡No vayáis! Es peligroso. Si os encuentran, os matarán a ambos –insistí. - ¿Acaso Pizarro nos augura un futuro mejor? Amigo mío, él vino a conquistar estas tierras, y no le importa lo que tenga que destruir para ello. Mi corazón lo conquistó una dulce campesina. - No, Francisco, ella no es una simple campesina. Los campesinos no son custodiados por guardias. Ella es una especie de escogida. El Inca la tiene destinada como obsequio a alguien. - Pues mejor entonces. La llevaré conmigo a España. - Estáis completamente loco. Eso no será posible. - Confiad en mí. Esta noche la veré y lo arreglaremos todo.
No pude detenerlo. Al día siguiente, sin darme detalles del encuentro, se mostraba fascinado por la belleza de aquella indígena. Sólo de ella hablaba, y de sus planes para escaparse juntos. Transcurrieron varios días, y los encuentros se sucedieron. Ni siquiera los vaticinios que Amankaya le refirió de sus consultas a Rimak, una especie de dios que predice el porvenir, lo detuvieron. Estos vaticinios eran negativos, hablaban de persecución y muerte.
- ¿Por qué no la escucháis? –le dije en un intento por traerlo a la realidad. - Son pamplinas. Nada debéis temer. Todo saldrá bien. - ¿Conocéis la pena si os descubren? Quizás os cuelguen de los cabellos hasta que ambos perdáis la vida, o posiblemente os entierren vivos. - Amigo mío, pena verdadera será la de mi corazón si abandono a Amankaya. No importa lo que penséis, ni lo que diga su dios. Nuestro amor es real y como ella dice: kuyanakuy (*Nota del editor del Portal, junto a este diálogo: ‘En Quechua, amor recíproco’).
Había fracasado otra vez en mi intento. Y sabía que iba a fracasar siempre. Así es el corazón del hombre. Dos días después, recibimos la orden de agruparnos. Cambiaba el mando, y de las órdenes de Hernando Pizarro, pasábamos a las de su hermano Francisco, un mes antes que éste ejecutara al Inca Atahualpa.
- Ha llegado el momento Joaquín…esta noche nos iremos…
Lo miré, pero nada dije.
Al atardecer nos dimos un fuerte abrazo, y allí supe que no le volvería a ver. Perseguido por los indígenas, si ellos no lo atrapaban, probablemente lo harían nuestros hombres, y sería juzgado con no menos rigor, como desertor. Sin embargo, una parte de mí guardaba la tibia esperanza de que su loco sueño se realizara’.
De alguna forma –y aquí comienza a relatar el editor del Portal-, Amankaya había escapado de la guardia que siempre le acompañaba. Sin pérdida de tiempo, corrieron ambos hacia el bosque, protegidos por la noche, pero iluminados sus pasos por los rayos de la Luna. Habían avanzado un buen trecho, cuando la chica pierde el equilibrio al tropezar con unas ramas que en su carrera no pudo ver. Francisco cayó también, llevado por el peso del cuerpo de la muchacha. Al intentar ponerse en pie, Amankaya descubre que se había roto el tobillo, y no podía ya continuar. Francisco la alzó en brazos y siguió el camino un tiempo más. Exhausto ya, debió detenerse y colocando suavemente a su enamorada sobre unas hierbas, se echó a su lado, hasta que en medio de tiernas caricias, arrullos y besos, quedó dormido en brazos de la mujer.
Casi amanecía cuando Francisco despertó. Por esas horas la ausencia de Amankaya había sido ya descubierta, y los incas no tardaron en poner a varios hombres tras el rastro, con la orden de atraparla y devolverla para ser ejecutada. También había sido echado en falta el joven soldado, y el mismo Joaquín, con otros tres, habían sido enviados en su búsqueda. Aquí continuamos con su relato:
‘Íbamos sólo unos minutos delante de los indígenas. Nos habíamos separado, para cubrir más terreno. Yo guardaba la esperanza de que Francisco y Amankaya estarían ya lejos, pues habían tenido varias horas de ventaja. Pero grande fue mi sorpresa cuando lo encontré. Apuré el paso, mirando hacia atrás, dispuesto a matar a todos los indígenas si intentaban tocar a mi amigo o a la muchacha.
- Tenéis que iros, ya vienen. - No es posible, ella no puede caminar. Amigo mío…creo que ha llegado el final.
La muchacha nos miraba con serenidad. De pronto hizo algunos gestos, como si intentara decirnos que nos fuéramos. Al menos eso entendió Francisco, porque mirándola fijamente, le dijo que nunca la dejaría sola, que sus destinos estaban unidos para siempre.
Yo no podía creer todo lo que estaba pasando, y menos aún lo que estaba por suceder.
Amankaya le tomó de la mano pareciendo comprender lo que él le decía, y comenzó a balbucear algunas palabras y a hacer algunas toscas marcas en la tierra. El dibujo parecía ser un sol. Los incas adoran al sol, así que supuse que se estaba colocando bajo la protección de su dios. Y había acertado…en cierta forma.
Amankaya se arrodilló de cara al sol, y por un momento, frente a ella, estaba Francisco. El cabello de la chica estaba suelto y caía sobre sus hombros. Sus brazos finos entrelazaban sus manos con la de mi amigo. Sus ojos profundos le miraban con tanta ternura, que por un momento comprendí por qué estaba dispuesto a enfrentar la misma muerte por ella. Francisco acercó su rostro al de la muchacha y unió sus labios a los suyos, hasta perderse en un profundo y meloso beso. Podía oírse entre los árboles el murmullo de los indígenas que se acercaban. Yo no sé si mi amigo sabía lo que iba a suceder, pero vi cómo con gran docilidad se colocaba también de cara al sol, junto a Amankaya, sin soltar su mano. Mientras ella recitaba una especie de oraciones ininteligibles, Francisco me sonrió, y como si se despidiera me dijo: -Gracias por vuestra amistad.
Y ahí pasó. Lo más increíble e inexplicable que jamás he podido ver. Cuando el contingente inca había llegado hasta nosotros, del murmullo salvaje pasaron al silencio aterrorizado. Cayeron en tierra y cubrieron sus rostros. Yo hubiera hecho lo mismo…si me hubiera podido mover. El sol comenzó a brillar con mucha más fuerza, hasta un punto que ya no era posible mantener abiertos los párpados. Me esforcé, sin embargo, por lograrlo, y aunque con tremendas dificultades, y corriendo el riesgo de quedar perpetuamente ciego, pude ver lo que sucedía… Francisco y Amankaya se estaban convirtiendo…en rocas. No es posible, por supuesto que no es posible. Si por un momento creí que eran mis retinas quemadas. Pero dos o tres minutos después, cuando el sol volvió a su brillo normal, y mis ojos se reanimaron de su ceguera, los tenía delante de mí. Donde antes habían estado Francisco y la muchacha inca, ahora sólo había dos toscas rocas. ¿Era eso lo que había querido decir Amankaya con sus figuras? Tal vez sí, y mi amigo, de alguna forma, le había comprendido y aceptado. Y estas rocas eran la prueba de su kuyanakuy, de su amor recíproco y perpetuo’.
Dejando por un momento la lectura, recordé algo que había leído antes de mi viaje a Perú. Una leyenda que cuenta que en tiempos de Viracocha, los chancas, un pueblo muy belicoso, atacaron y destruyeron la ciudad de Cuzco. Frente a las ruinas de un templo solar, fue implorada la ayuda del dios sol, quien convirtió a las piedras que rodeaban la ciudad en soldados, y éstos vencieron al enemigo. Así al menos, lo refiere la mitología inca.
‘Y porque esto lo llevaré conmigo hasta el día de mi muerte -seguía escribiendo Joaquín-, es que lo pinté tal y como lo recuerdo. Dos rocas, de singular forma, unidas por un pequeño trozo, donde antes habían estado las manos entrelazadas de estos locos enamorados. Una pintura que cuando regrese a España, recuerde esta historia. Una pintura que recuerde este amor prohibido”.
Indudablemente, había hecho muy bien en comprar aquel cuadro.
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